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Ahora Un Piñon, Siguiente Un Muelle

The English version of this post—Now a Pinion, Next a Spring—was posted here on January 28, 2015. This Spanish translation is my own and may contain errors. I invite native speakers of the language to comment on my errors and to suggest corrections. Aquí está una traducción en español de Now a Pinion, Next a Spring. Por favor, hispanohablantes quienes leen mis traducciones me permitan saber mis errores y sugieran enmiendas.

“Pero nuestras máquinas han estado corriendo por setenta o ochenta años, y tenemos que anticipar que, desgastadas como están, aquí un pivote, allí una rueda, ahora un piñon, siguiente un muelle, ellas estarán rompiendose; y no importa cómo podemos juguetear con ellas por un rato, finalmente todo va a parar moción.”– Thomas Jefferson

El más difícil libro que he leyendo recién es Cómo Morimos: Reflexiones en el Capítulo Final de la Vida (1993) [en inglés, How We Die: Reflections on Life’s Final Chapter] por Sherwin B. Nuland. Es difícil para leer, no porque es escrito pobremente o es de pura palabrería excepcionalmente (el libro es ninguno de los dos), pero en vez porque el sujeto del libro es la manera en que personas mueren, un sujeto que Nuland, un cirujano y educador, describe en detalle clínica. Nuland explica lo que pasa en nuestros cuerpos cuándo tenemos un ataque al corazón o derrame cerebral, o cuándo hemos estado diagnosticado con Alzheimer, SIDA, o cáncer. Él describe vieja edad y el inexorable proceso que conduce a muerto, una realidad que Thomas Jefferson fue reconociendo en su carta a John Adams en 1814, citado arriba. He venido de leyendo el libro de Nuland con la realización que mi propia muerte probablemente no va a ser digna.

Nuland escribe:

“ ‘Muerte con dignidad’ es la expresión del deseo universal de nuestro sociedad para lograr un triunfo con gracia contra la escueta y a menudo repugnante irrevocabilidad de la última chisporroteando de vida…

“Pero el hecho es, muerte no es una confrontación. Es simplemente un evento en la secuencia de los continuados ritmos de naturaleza. No muerte pero enfermedad es el real enemigo, enfermedad es la maligna fuerza que requiere confrontación. Muerte es la cesación que viene cuando la batalla agotadora se ha perdido. Aún la confrontación con enfermedad se debe estar acercado con la realización que muchos de las enfermedades de nuestro especie son simplemente vehículos para el arduo camino por el que cada uno de nosotros es devuelto al mismo físico, y quizás espiritual, estado de inexistencia desde cual nos emergimos en el momento de la concepción. Cada triunfo sobre alguna patología grave, no importa cómo resonante es la victoria, es solomente un aplazamiento temporal de el fin inevitable.”

Como penoso que es para leer acerca de mi fin inevitable, yo acepto la premisa de Nuland que conocimiento preciso de cómo una enfermedad mata puede servir para nos protege contra nuestras propias peor imaginaciones. Sabiendo qué pasa a nosotros y el curso probable de eventos que viene nos hace mejor capaz de hacer decisiones racionales sobre tratamiento opciones que puede estar presentado a nosotros: “Un sentido razonable de qué es ser esperado sirve como una defensa contra los descontroladas imaginaciones de miedo sin fundamento y el terror que uno no está haciendo cosas bien de algún modo.”

“La final enfermedad que naturaleza impone en nosotros determinará la atmósfera en que podemos despedirnos de la vida, pero nuestros propias decisiones deben ser permitido, en tanto que es posible, ser la decisiva factor en la manera de nuestra partida.”

Nuland aborda el papel del doctor en tratando grave enfermedad. El objetivo de todos los doctores, Nuland escribe, es hacer el diagnóstico y diseñar y realizar el tratamiento específico. Él llama este objetivo “La Adivinanza” y él nota que “el objetivo impulsor del médico para resolver La Adivinanza va a estar a veces en desacuerdo con nuestros intereses al fin de vida.”

“Las fronteras de futilidad médical, no obstante, nunca han estado claras, y puede estar demasiado para esperar que ellas estarán alguna vez. Es quizás por esta razón que la convicción ha surgido entre doctores—más que una mera convicción, es sentida hoy día por muchos como una responsibilidad—que si error ocurre en tratamiento de un paciente, debe estar siempre a lado de haciendo más más que menos. Haciendo más es probable para servir las necesidades del doctor más que las del paciente. El éxito mismo de sus terapéuticos esotericos demasiado frecuentamente dirige el médico para creer que él puede hacer lo que es más allá de sus haciendo y salvar ellos quienes, dejado a su propia juicio sin trabas, elegirían no estar sometido a su salvando.”

¿Y así qué esperanza es dejado cuando morimos? Nuland ofre su respuesta, que parece a mi una percepción rica. Él concluye “La más grande dignidad ser encontrado en muerte es la dignidad de la vida que lo precede.” Esperanza, él dice, “reside en el significado de qué nuestras vidas han sido.”

“Y así, si el imagen clasico de muriendo con dignidad debe estar modificado o hasta desechado, ¿qué es ser rescatadas de nuestra esperanza para los final recuerdos que dejamos a quienes nos aman? La dignidad que buscamos en muriendo debe estar encontrado en la dignidad con que hemos vivido nuestras vidas. Ars moriendi is ars vivendi: El arte de muriendo es el arte de viviendo. La honestidad y gracia de los años de vida que son terminando es la medida real de cómo morimos. No es en las finales semanas o días cuando redactamos el mensaje que será recordado, pero en todas las décadas que los precede. Él quien ha vivido en dignidad, muere en dignidad.”

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Now a Pinion, Next a Spring

“But our machines have now been running seventy or eighty years, and we must expect that, worn as they are, here a pivot, there a wheel, now a pinion, next a spring, will be giving way; and however we may tinker them up for a while, all will at length surcease motion.” — Thomas Jefferson

The most difficult book that I have read recently is Sherwin B. Nuland’s How We Die: Reflections on Life’s Final Chapter (1993). It is difficult to read, not because it is poorly written or exceptionally long-winded (it is neither), but rather because the book’s subject is the manner in which people die, which Nuland, a surgeon and educator, describes in clinical detail. Nuland explains what is happening in our bodies when we have a heart attack or a stroke, or when we have been diagnosed with Alzheimer’s, AIDS, or cancer. He describes old age and the inexorable process that leads eventually to death, a reality that Thomas Jefferson was acknowledging in his letter to John Adams in 1814, quoted above. I come away from reading Nuland’s book with the realization that my own death is not likely to be dignified. Nuland writes:

“Death with dignity” is our society’s expression of the universal yearning to achieve a graceful triumph over the stark and often repugnant finality of life’s last sputterings….

But the fact is, death is not a confrontation. It is simply an event in the sequence of nature’s ongoing rhythms. Not death but disease is the real enemy, disease the malign force that requires confrontation. Death is the surcease that comes when the exhausting battle has been lost. Even the confrontation with disease should be approached with the realization that many of the sicknesses of our species are simply conveyances for the inexorable journey by which each of us is returned to the same state of physical, and perhaps spiritual, nonexistence from which we emerged at conception. Every triumph over some major pathology, no matter how ringing the victory, is only a reprieve from the inevitable end.

As painful and difficult as it is to read about my inevitable end, I accept Nuland’s premise that accurate knowledge of how a disease kills can serve to protect us from our own worst imaginings. Knowing what is happening to us and the likely course of events to come makes us better able to make rational decisions about treatment options that may be presented to us: “A realistic sense of what is to be expected serves as a defense against the unrestrained conjurings of warrantless fear and the terror that one is somehow not doing things right.”

The final disease that nature inflicts on us will determine the atmosphere in which we take our leave of life, but our own choices should be allowed, insofar as possible, to be the decisive factor in the manner of our going.

Nuland addresses the role of the doctor in treating serious illness. The quest of every doctor, Nuland writes, is to make the diagnosis and design and carry out the specific cure. He calls this quest “The Riddle” and notes that “a physician’s driving quest to solve The Riddle will sometimes be at odds with our best interests at the end of life.”

The boundaries of medical futility, however, have never been clear, and it may be too much to expect that they ever will be. It is perhaps for this reason that there has arisen the conviction among doctors—more than a mere conviction, it is nowadays felt by many to be a responsibility—that should error occur in the treatment of a patient, it must always be on the side of doing more rather than less. Doing more is likely to serve the doctor’s needs rather than the patient’s. The very success of his esoteric therapeutics too often leads the physician to believe he can do what is beyond his doing and save those who, left to their own unhindered judgment, would choose not to be subjected to his saving.

And so what hope is left as we die? Nuland offers his answer, which seems to me a rich insight. He concludes “the greatest dignity to be found in death is the dignity of the life that preceded it.” Hope, he says, “resides in the meaning of what our lives have been.”

And so, if the classic image of dying with dignity must be modified or even discarded, what is to be salvaged of our hope for the final memories we leave to those who love us? The dignity that we seek in dying must be found in the dignity with which we have lived our lives. Ars moriendi is ars vivendi: The art of dying is the art of living. The honesty and grace of the years of life that are ending is the real measure of how we die. It is not in the last weeks or days that we compose the message that will be remembered, but in all the decades that preceded them. Who has lived in dignity, dies in dignity.

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